El intruso. Blasco Ibáñez. RIALIA. Industria Museoa-Museo de la Industria

El intruso, Vicente Blasco Ibáñez. 1904

El intruso, Vicente Blasco Ibáñez. 1904
Bufaba la campana con ensordecedor rugido, y subía recto, atravesando el espacio, un surtidor, que se abría en lo alto como una palmera roja, esparciendo plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino, para descender después y apagarse antes de llegar al suelo. […] Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la grandeza del espectáculo. Era un rugido inmenso, que conmovía la techumbre del taller y hacía temblar la tierra; un escape de fuerzas y de fuego por la boca del convertidor, a impulsos de la corriente de aire comprimido que venía del inmediato edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El metal en ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un torbellino de chispas, un ramillete de fuego. Pero ¡qué chispas! ¡qué fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti recordaba ya como un juego sin importancia la salida del metal de los altos hornos.
[…]
El acero líquido caía en moldes de forma cónica. Una grúa movía estos moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba. Y aparecía el lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como si fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su enfriamiento al abandonar la envoltura.

[…] Aresti admiró a los trabajadores, que estaban allí como en su casa, habituados a una temperatura asfixiante, moviéndose como salamandras entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos lo mismo que momias, como si el incendio hubiese absorbido sus músculos, dejándoles solamente el esqueleto y la piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo cobrizo, semejantes a esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. Sus miembros estaban expuestos al chisporroteo del hierro, que volaba en partículas de ardiente arañazo. Algunos mostraban las cicatrices de horrorosas quemaduras.

[…] La vista de los obreros que manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller pareció volverle a la realidad. Saltaban en torno de ellos las moléculas del acero ígneo como moscardones de picadura mortal. Llevaban los pies cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para librarse de las chispas mordientes. Pasaban por entre los lingotes al rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con estos infernales panes de azúcar convertía instantáneamente la carne en humo, dejando el hueso al descubierto Podían matar a un hombre con solo su contacto, sin dejar en el ambiente más que un leve hedor de chamusquina, un poco de vapor, después, nada… Y los conos diabólicos atraían con su luz y su blancura, confundiendo las distancias. Parecían gozar de movimiento y vida, como si quisieran meterse ellos mismos carne adentro, evaporándola.
[…] El mejoramiento de aquella gente con las huelgas y los aumentos de jornal solo era momentáneo. Él creyó, como Aresti, que este malestar solo tenía un arreglo: cambiar la organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única ley, suprimiendo la caridad, que no es más que una hipocresía que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del presente.
[…]
Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La masa de acero enrojecida pasaba arrastrándose junto a sus pies como una bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua mortífera, pero en el momento en que iba a tocarles, un hábil golpe de las tenazas la arrojaba entre los cilindros, de donde salía por el extremo opuesto,
El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miró a los obreros, negros y recocidos en aquella temperatura de infierno, atolondrados por el ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración. Aresti comprendió ahora la injusticia con que había censurado muchas veces el alcoholismo de estas pobres gentes.
Pensaba en lo que haría él, de verse condenado por la fatalidad social a una labor que embotaba los sentidos y parecía evaporar el cerebro en su ambiente de fuego. Una sed eterna, semejante a la de los condenados, martirizaba a estos infelices. ¡Qué otro placer, al salir de allí, que la paz y la sombra de la taberna, con el vaso delante, que proporciona una alegría momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para que siga su vida de salamandra!…

[…] Me dirán que este trabajo horrible es una consecuencia de los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la civilización. Conforme; pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este modo bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro para pensar… ¡Y aún se extrañan algunos de que esa pobre gente no se muestre contenta y crea que el mundo está mal arreglado y no es un modelo de dulzura!

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